El lobo by Joaquín Dicenta — Read

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En la pared del fondo, donde se abre la puerta que comunica con el último dormitorio, tiene puesta su cabecera el camastro del Lobo. Apenas si a él toca la luz exangüe del farol. No es tiniebla, pero es niebla confusa la que envuelve el camastro. Sobre éste, cubierto por la manta que le sube hasta la nariz, se aboceta el cuerpo del bandido.

¿Duerme? Tal indica la inmovilidad de su cuerpo; sus ojos no relucen entre las pestañas, su respiración es tranquila; ningún gesto contrae su cara, ningún estremecimiento agita sus manos, que por cima de la manta caen, cerradas en puño.

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