Las esmeraldas by Joaquín Dicenta — Read

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-No creí que estuvieran las piedras tan limpias -decía en la noche del miércoles a Leonor Alfonso, contemplando el aderezo de esmeraldas, que relumbraba como una constelación sobre el primoroso estuche de gamuza. Realmente, fué espléndido el regalo hecho a la diosa Kalí por el tunecino pirata; digno de una diosa, de la representada en la estatua de ébano que echó mi ascendiente a los fondos del mar con el cuerpo y con la galera de Ben-Alí.

-Dicen -siguió el duque- que aquella imagen era horrible. Así lo pretende la tradición. Yo, sin embargo, de más joven la suponía bella: muy morena, con el pelo a ondas y los ojos de negruras aprisionadas. ¡Ilusiones de mozo! A veces, en mis soledades de colegial, recordando la leyenda de los Neblijar, evocaba a Kalí y siempre la veía hermosa. ¡Qué tontunas, eh!

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