Juan Vulgar by Jacinto Octavio Picón — Read

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Tiene, al comenzar este verídico relato, diecisiete años. Su infancia ha sido la de casi todos los muchachos de pueblo. Nunca estuvo para él la fruta demasiado alta, ni logró su abuela esconder las golosinas en sitio que no descubriera, ni había en la comarca perro que no le temiese. A pedradas turbaba él sosiego de los pájaros ocultos en las frondas, y entre burlas y veras, con sus requiebros, traía desasosegados los corazones de las mozas. Más de una cuando él a la fuente se acercaba, fingió que no podía con el cántaro para que Juan la ayudase a levantarlo, mientras otra, dejándole ver los remangados brazos, alzaba vigorosamente el suyo, como dándole a entender cuán apretado lazo formaría con ellos en torno de su cuello.

Una, a quien hasta sus compañeras llamaban Luisa la bonita, llegó, por fin, a hacerse casi dueño de su alma, y desde entonces Juan, buscándola incesantemente, comenzó a descuidar la vigilancia de la hacienda de su padre. Por la mañana, muy temprano, se apostaba cerca de la casa de Luisa para verla cuando se asomaba a colgar de un clavo la jaula del pájaro que entretenía sus horas de costura; ya entrado el día, iba a esperarla en el arranque del camino de la fuente, y le hacía tomar el sendero más largo, obligándola a andarlo despacito; a la tarde, sin que el calor le arredrase, pasaba varias veces ante su puerta, para verla cosiendo ante el cancel o para oírla, si estaba más hacia dentro, cantar coplas que querían decirle «aquí me tienes». Después, al caer el día, hacían juntos el segundo viaje a la fuente, y al regresar envueltos entre sombras, ella le dejaba acercarse cuanto quería, más temerosa de la oscuridad que de los besos. Y luego, a la noche, cuando las gentes reposaban arrulladas por el airecillo que movía las ramas de los cercanos naranjales, él, apoyado en la reja y caído a sus pies el guitarro, le decía ternezas con los labios y cosas muy atrevidas con los ojos, mientras la chica, de rato en rato, le abandonaba las manos, ya que los maldecidos hierros les separaban las caras.

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