Juan Vulgar by Jacinto Octavio Picón — Read

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¿Estaba Juan verdaderamente enamorado? Ni él mismo hubiera podido decirlo, a ser fácil que su fantasía le dejara razonar sin confundir la realidad con la ilusión. Lo único indudable era que María le gustaba mucho. Aquella señorita fina, instruida, si se la comparaba con las mujeres que trató hasta entonces; discreta, que escribía mezclando a su natural ingenio las reminiscencias de cien párrafos de novelas, y que parecía apreciar con regocijo la diferencia que notaba entre él y los insulsos mequetrefes que antes la cortejaron, causó en su ánimo una impresión muy honda y sincera, pero distinta del amor. Cualquier mujer, regularmente agraciada y de esfera superior a la suya, le hubiese producido igual efecto. Lo que supuso amor, no era sino la aspiración que siente todo hombre de instintos delicados a una pasión noble. Habíase ya olvidado por completo de la Luisilla del pueblo; y aunque la hubiese recordado, la muchacha lugareña, amante y cariñosa, habríale parecido zafia y tosca para el hombre habituado al refinamiento intelectual que en él se desarrolló por el estudio y la vida cortesana. De aquel idilio de aldea no quedaba en el ánimo de Juan sino la impresión vaga de una niñería: si acaso de tarde en tarde venía a su pensamiento el nombre de Luisa, se acordaba de ella como del huerto de sus padres o como de las tardes en que con los otros chicos del pueblo salía a cazar tordos en el olivar cercano; pero jamás, desde que arrojó al cajón de la cómoda, sin leerlas, las últimas cartas de la niña; volvió a traer amorosamente aquel nombre a su memoria.

Por otra parte, exceptuada Luisa, no había tenido amores con mujer alguna, ni conocía del amor sino esa satisfacción física, rápida y exenta de poesía, que proporciona el placer comprado. No era, pues, de extrañar que le halagase el suponerse querido por María; ni había tampoco nada extraordinario en que ésta, a su vez, aunque sin sentir por él pasión verdadera, prefiriese la hermosura varonil, la discreción y la elegancia natural de Juan a las figuras ridículas y enclenques de los caballeretes que frecuentaban su casa y sólo sabían decirle galanterías vulgares o hablarle de modas, como si fuesen mujercillas.

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