Explore "La honrada" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Don Carlos Jarilla fue hombre honrado a carta cabal. Cuando joven tomó parte en las luchas políticas de su tiempo, llegando a ser diputado durante la rivalidad de Espartero y Narváez; pero en cuanto se convenció de que los políticos, aun los que parecen enemigos, se entienden y confabulan como chalanes en feria, se retiró de aquel juego de compadres, dedicándose exclusivamente al cuidado de sus bienes y al estudio de la historia y la literatura. A los pocos años de este retraimiento, y merced a unos cuantos trabajos de investigación y crítica literaria, comenzó a ser considerado como erudito chapado a la antigua, adquiriendo fama de ser el más infatigable revolvedor de archivos y bibliotecas. Sobre cualquier punto dudoso, o que le parecía tal, edificaba un monumento de datos, citas, comentarios y cotejos que lentamente tomaban forma de libro o de discurso. Sus ideas propias no eran muchas ni de gran originalidad; mas tenía, en cambio, el mérito de estudiar bien el origen, genealogía y desarrollo de las ajenas, esmerándose también en escribir correctamente, por todo lo cual adquirió reputación de laborioso concienzudo. Esta ilustración, las simpatías que le atrajo su bondadoso carácter y las buenas amistades que por su posición tenía, le abrieron en poco tiempo las puertas de dos Academias, sin protesta de nadie, porque si no era una notabilidad, valía bastante más que muchos de los que lograban igual honor. A partir de esta época su vida estuvo reconcentrada en el estudio que para él constituía verdadera delicia. No hay modo de expresar lo que gozaba llevando a la de la Lengua una palabra olvidada por Covarrubias o Nebrijas, o a la de la Historia una contradicción entre Zayas y Zurita, limitándose a esto sus placeres académicos; pues cuando llegaban ciertas vergonzosas votaciones y dictámenes, amañados, lejos de intervenir como otros en intrigas y cabildeos, votaba, y pedía por sistema lo más justo y de no ver claras las cosas, se abstenía, temeroso de que su voto y su opinión fueran torcidamente interpretados. Aquel voluntario alejamiento de la política y esta buena fe académica bastan para probar que con razón tenía fama de honrado.
En punto a negocios era la hombría de bien personificada; aunque, a decir verdad, no merecían nombre de negocios las vulgarísimas operaciones que verificaba para aumentar un poco sus rentas o costearse sin tocar a ellas la impresión de algún trabajo erudito. Quienes tenían verdaderos motivos para conocer prácticamente su bondad eran los colonos de las tierras que poseía y los inquilinos de las casas de Madrid, a los cuales complacía con mayor frecuencia de lo conveniente a su interés y acaso de lo que fuera justo. Así era; entre dispensar un beneficio, con riesgo de que no se lo agradeciesen, y dejar de hacerlo, temeroso de ser engañado, optaba sin vacilar por lo primero, diciendo que la ingratitud causa poco efecto en los buenos y que la necesidad puede fácilmente hacer peores a los malos.