Explore "La honrada" by Jacinto Octavio Picón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuanto más obligada se vio Susana a la serenidad y al disimulo, mayor fue su tormento. Unos ratos, la pena que sentía era tranquila amargura, cual si la desilusión tomase forma de melancolía; otras veces, ensoberbecida de ira y despecho, le daban ganas de buscarle para desahogarse llenándole de improperios. ¡Qué castigo. y qué hombre! El único que por haberla arrastrado al mal estaba moralmente incapacitado para arrojarla lodo a la frente era el que la castigaba, Y ¡de qué modo!: ¡solicitando a su hija, e imaginando que ella sería capaz de tolerar aquellos amores, o que se vería obligada a ceder y callar! Gracias a que Plácida le rechazó. En algunos momentos, aun contra su misma hija, volvió rabiosa el pensamiento; porque le asaltó la idea de lo que pudiera haber ocurrido a portarse Plácida de otro modo. ¿Era absurdo suponer que sintiese alegría al verse cortejada por Fulánez? Entre experimentar esta impresión y agradecerla mediaba muy poco. ¿Y qué sucedería si por cualquier eventualidad Plácida reñía con Fernando, y Fulánez insistía en sus pretensiones?
Esta última consideración convertida en miedo, un miedo indefinible a que Plácida llegase a quererle, a ser suya, acabó por influir en su ánimo de un modo decisivo. El solo medio de ahuyentar aquella terrible contingencia consistía en casarla pronto, apurando cuantos medios le sugiriese el ingenio.