La honrada by Jacinto Octavio Picón — Read

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Pocos días antes de la boda estuvo Plácida a pique de desbaratarla, obedeciendo a una corazonada. No se disgustó con el novio, ni con su madre, ni experimentó la más leve contrariedad: sin saber por qué, se levantó una mañana extremadamente cavilosa, lleno el pensamiento de ideas negras, acobardado el ánimo, cual si presintiera grandes e irreparables daños. Después de peinarse permaneció un rato muy largo sola en su tocador, arreglando para distraerse cajas y arquillas de lazos, guantes y pañuelos; mas tan intranquila por aquella repentina mudanza, que en nada hallaba contento. Si de pronto hubiese entrado Fernando, de fijo le recibiera mal: acaso, franca y ásperamente, le dijese que renunciaba al matrimonio, comprendiendo que si no iba al altar con la pena de quien se deja a la espalda recuerdos de otros amores, tampoco veía color de rosa el porvenir. No se juzgaba profundamente enamorada, ni creía que él lo estuviera. En lo más íntimo del alma tenía arraigada la certeza de que el amor era sentimiento más hondo que el que sentía e inspiraba. Mientras estaban juntos, en tanto que sus palabras le caían como lenguaje de seducción en los oídos, imaginaba querer y ser querida; luego que él se alejaba, ni su corazón ni su pensamiento experimentaban la soledad que entristece al verdadero enamorado. No le aguardaba con impaciencia ni le veía llegar con regocijo: su influjo se limitaba a los instantes en que escuchándole se creía llamada por voces misteriosas a sensaciones nuevas; mas luego de ido quedábase impasible, fría; la influencia ejercida por Fernando sobre ella era puramente material, de hombre sobre mujer; y Plácida, sin darse cuenta exacta de ello, lo presentía con zozobra. Tales eran su incertidumbre y desasosiego, que la menor alteración en sí o en lo que la rodeaba era bastante a trastornar sus impresiones: tan pronto se le figuraban vanos y ridículos sus temores, como creía apreciar bien la realidad. De seguir su ánimo en estas fluctuaciones unas cuantas horas, hubiera fracasado el plan de Fernando. Un suceso, al parecer insignificante, las modificó por completo.

Aquella tarde salió Plácida con su madre a ultimar ciertas compras en una tienda de las llamadas de novedades, cuando a poco de entrar en ella y sentarse ambas junto al mostrador, de pronto y simultáneamente, vieron que entre las personas que hablaban al dueño del establecimiento estaba Fulánez. Plácida volvió la mirada hacia otra parte para no saludarle, y al desviar la cara observó que Susana se había quedado muy pálida y que se esforzaba inútilmente en serenarse: ella, entonces, se acordó de la breve escena ocurrida cuando contó a su madre la declaración de Fulánez, y sin que lo pudiese remediar se le vinieron al pensamiento aquellas ideas sombrías que otras veces la atormentaban. Fulánez se marchó en seguida, esquivando también el saludo, y Susana se tranquilizó; pero a Plácida no se le ocultó el enojo que recibió del encuentro. Por la noche estuvo con su novio más amable que nunca, cual si pretendiera estimularle, ansiosa de oír galanterías que la hiciesen olvidar aquello que la mortificaba. De esta suerte, por obra de un incidente casual, a trueque de no profundizar en lo que irreflexivamente rechazaba, vino a caer en el mismo amor que horas antes consideró mezquino.

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