Explore "El aeronauta" by Julia de Asensi on Textopian. Read with annotations and highlights.
Así lo hizo María. Cuando sus padres se ausentaban iba a visitar al herido, acompañada de Santiago que miraba con la mayor curiosidad al extranjero. Este se reponía lentamente, pues su espíritu sufría más que su cuerpo. El desgraciado no tenía ropa, ni dinero y se veía obligado a aceptarlo todo de don Remigio. Varias veces había empezado a escribir, pero el cansancio le rendía antes de acabar la carta: había intentado poner un telegrama, pero no le habían entendido, ni había en aquel lugar estación telegráfica. La desesperación del joven no tenía límites, y solo conseguía calmarle la presencia de María que adivinaba algunos de sus deseos, realizándolos al instante. Ella le enseñaba un poco de español nombrándole los objetos que tenía a la vista; él repetía las palabras y las conservaba en su memoria, pero no podía sostener una conversación con la joven. De esto resultó que los temores de la señora de Rey se realizaron, que su hija se enamoró del forastero sintiendo por él una pasión pura y vehemente, y que la desgracia fue mayor de lo que sospechó la previsora madre, puesto que el inglés, a quien solo distraía la niña, no correspondió a aquel sentimiento amoroso más que con una sincera amistad, estando decidido a partir en cuanto pudiese para no volver a aquella hospitalaria tierra. Su estado físico se mejoró al fin, pero el moral inspiró al médico serios cuidados. Aquel enfermo que no podía decir lo que sentía, que tenía un gran pesar porque no regresaba a su país, ni sabía de su familia; aquel amante de la ciencia por la que había abandonado al uno y a la otra, que pensaba en su compañero de viaje, al que juzgaba muerto para prolongar su vida, estaba eternamente triste y le parecía que insultaban su pena aquel sol siempre radiante y aquel cielo azul y despejado.
Una mañana logró al fin escribir una larga epístola. Puso el sobre, lo cerró y dio aquel pliego a Santiago que al punto se le entregó a María. Estaba dirigido a una señora llamada Juana Smith y lo enviaba a Londres. La niña ordenó a su hermano que llevase aquella carta al correo, que le pusiera un sello, procurando disimular su pena porque no dudaba que al recibir aquel aviso la madre del viajero le haría volver enseguida a su lado. Mucho lloró la pobre joven y aun tenía los ojos enrojecidos cuando entró en el cuarto del convaleciente. Él la miró asombrado, le preguntó medio en inglés y medio en español la causa de sus lágrimas y María sin contestarle inclinó la cabeza sobre el pecho. Acaso adivinó entonces el amor de la niña, porque no la interrogó más, mostrándose desde entonces más retraído con ella.