El silencio by Leonid Andreiev — Read

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Al día siguiente, después del solitario desayuno, se fué al cementerio por primera vez después dela muerte de Vera. Hacía calor. El cementerio estaba desierto y tranquilo como si no fuera de día, sino una noche clara. El pope Ignacio caminaba derecho, sin curvar la espalda y miraba serenamente a su alrededor no queriendo comprender que no era ya el mismo, que sus piernas se habían hecho más débiles, que su larga barba era ya toda blanca, como helada.

La tumba de Vera se encontraba en el extremo del cementerio, donde ya no había senderos llenos de arena. El pope Ignacio se perdía casi entre las pequeñas colinas verdes, que eran tumbas abandonadas, olvidadas. De vez en cuando veía antiguos monumentos descuidados, rejas abismadas y grandes lápidas sepulcrales hundidas hasta la mitad en la tierra.

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