Había una vez by Leonid Andreiev — Read

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En los campos y los jardines había nieve aún, pero las calles estaban ya libres. A lo largo de las casas corrían arroyuelos que formaban pozos en el asfalto. El sol inundaba la sala con torrentes de luz, y calentaba tanto que obligaba a esquivar sus rayos ardientes como en el verano, y era difícil creer que detrás de las ventanas el aire fuera aún frío y húmedo. A esta luz la sala con su alta techumbre parecía un estrecho rincón, pesado el aire oprimido por las paredes. El ruido de la calle no penetraba por las dobles vidrieras; pero cuando se abrían las ventanas por la mañana la sala se llenaba de pronto con las voces alborotadas de los gorriones. Ahogaban todos los demás sonidos, que se eclipsaban modestamente, se apoderaban de los corredores, subían las escaleras, penetraban con impertinencia en el laboratorio. Los enfermos, alos que se hacía salir al corredor, sonreían al escuchar los gritos de los gorriones, y el chantre susurraba con una alegre extrañeza:

-¡Cómo alborotan los gorriones esos!

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