Explore "Apolo en Pafos" by Leopoldo Alas on Textopian. Read with annotations and highlights.
No pudo, por más que quiso, librarse el dios Esminteo de la compañía de las Musas, las cuales, entre jarana y bromas de colegialas en asueto, resolvieron merendar en el campo, en un claro del bosque de Afrodita.
Fue Erato la que con más calor defendió el proyecto. No estaba fea la Musa de la égloga y otras canciones, con su sombrerito de paja de Italia inclinado sobre el ojo derecho. Era alta, garrida, y aunque de encantos algo ajados, como las flores del sombrero, rodeábale un ambiente de frescura y de olores campestres que confortaba. Era muy amiga de risitas, carcajadas, saltos y carreras; pero en su alegría graciosa había de cuando en cuando paradas en falso, repentinas inquietudes, calderones de melancolía, por decirlo a lo músico. Después de Terpsícore y de Euterpe, era la Musa que Apolo más quería. La diosa del baile, sentada a los pies de Venus, estiraba sobre el pavimento una pierna vestida con calzón de punto color de carne, musculosa y muy bien dibujada. En el rostro de Terpsícore, moreno y de ojos negros, inocentes y dulces, con fuego a ratos en las pupilas, no había más expresión que la de la fuerza física, graciosa y dócil; tenía algo la Musa del hermoso caballo de carrera vencedor de cien rivales.