Apolo en Pafos by Leopoldo Alas — Read

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Seguí al dios, a escondidas, entre las matas del sagrado bosque, cuyas últimas ramas, verdes y graciosas, se mecían sobre los rizos blancos de las ondas. Apolo y Venus desaparecieron un momento de mi vista al rodear una peña que avanzaba sobre el mar entre espuma; pero fui audaz, seguí su camino, y acurrucado entre las piedras, como convenía a un mísero mortal en aquel trance, vi a los dioses transformados, ingentes, vestidos sólo de la luz de la tarde y del esplendor de su hermosura. Afrodita sin velos, Febo desnudo, dorado por los reflejos de sus propios rayos, sumergían los pies divinos en las aguas tranquilas que como cintas de plata y de púrpura enlazaban, enredándose en ellas, las plantas de los inmortales. La cabeza de Venus descansaba lánguida y graciosa en el pecho de Apolo, que con la frente erguida, iluminada, miraba con arrogantes llamaradas, en los ojos a lo más alto del cielo, buscando la frente de Zeos, su padre, para anunciarle sus desposorios con la madre del amor.

Moría la tarde majestuosamente; las brisas que se desataban del bosque perfumado, embalsamaban el aire; un ruiseñor cantaba desde el misterio de la espesura; el mar de acero bruñido se cubría, allá, cerca del horizonte, con un manto de púrpura; tras de la apoteosis de las nubes luminosas, manchadas con la sangre de oro del sol que acababa de estallar en aquella polvareda de luz, se extendía el camino de Hellas divina; y por Oriente, por donde ya ascendía la palidez del crepúsculo, el horizonte triste ocultaba las costas arenosas y bajas de Palestina.

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