Superchería by Leopoldo Alas — Read

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Caterina Porena abrió, por fin, los ojos, que eran pardos; y Serrano, con el ansia de un enamorado entre una multitud, llamaba a sí, con la intensidad de la propia, la mirada de la Porena. Catalina no acababa de verle. Si andaba por allí el magnetismo, ciertamente no salía de los ojos del filósofo, que, sin embargo, estaba sintiendo cosas nuevas y fuertes que debían valer mucho más que el fluido formidable del señor alcalde, y aún más que el fluido sutil y tramposo de Foligno.

No era aquel momento para presentaciones, y Antoñito no se cuidó de poner a su primo cara a cara con el alcalde. Serrano se lo agradeció, y, como Pedro por su casa, se fue acercando, entre codazos discretos, al grupo de hombres más próximo a la sonámbula. Cuando creyó poder verla a su sabor y de frente, con la esperanza no confesada y confusa de que le mirase aquella mujer extraña, aquella cómica de lo maravilloso, histrionisa de las nuevas ciencias ocultas, sólo consiguió contemplar de cerca y frente a frente al doctor Vincenzo Foligno, que sintió su presencia, se volvió un poco, le miró a las niñas de los ojos, le midió de alto a bajo, y apartó en seguida de él la vista con esa rapidez discreta y experimentada que se observa en los reyes ante la multitud hostil o indiferente, y en general en los cómicos, los oradores y cuantos tienen costumbre de ostentar en público su persona. Foligno hablaba, apoyada una mano en la silla en que aún descansaba, jadeante, su mujer; y su discurso en incorrecto español, lleno de italianismos y galicismos, padeció casi un tropiezo con la rapidísima mirada dirigida al filósofo. Estuvo a punto, el orador, de perder el hilo; pero un esfuerzo de atención le bastó para proseguir su relato científico de los progresos maravillosos del hipnotismo.

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