Explore "Superchería" by Leopoldo Alas on Textopian. Read with annotations and highlights.
Hubo un entreacto. A las señoras se les sirvió un refresco, y los hombres salieron a los pasillos y gabinetes contiguos a fumar y discutir. Serrano, objeto de general curiosidad, sintiéndose en ridículo a sus propios ojos, por no estarlo también ante los demás, hizo prodigios de gracia y de ingenio. Sin pedantería, como dando poca importancia a la polémica, demostró a muchos de aquellos señores, capaces de entenderle, sus conocimientos psicológicos y fisiológicos, muy superiores, sin duda, a los de Foligno. Este, en vez de rehuir un encuentro con el descreído, lo procuró, y, amable, risueño, también buscando gracia y descuido en sus maneras y palabras, defendió su causa como un cómico una comedia que está representando y que es discutida entre bastidores; comedia que él hace en las tablas, pero que al cabo no es obra suya. Los chistes, los incidentes de las conversaciones, los vaivenes de la multitud, estorbaron bien pronto a los contendientes; se perdió o se dejó perder el hilo de la argumentación; el público admiró los conocimientos de Serrano y los de Foligno; y estos, al despedirse, porque se reanudaba el espectáculo, se apretaron la mano sonriendo y se declararon, con sendos ofrecimientos, buenos amigos.
Cuando los caballeros volvieron al salón, el alcalde, en mangas de camisa, sudaba como un mozo de cordel, cerca de la sonámbula; sudaba porque no era para menos el ejercicio de brazos y cintura a que se entregaba para fabricar el fluido que él creía indispensable para aquella grande experiencia. Como se pudiera quejar de una máquina oxidada, se lamentaba de las dificultades que la falta de uso oponía a su buen propósito de convertirse cuanto antes en un emporio de magnetismo.