Explore "Superchería" by Leopoldo Alas on Textopian. Read with annotations and highlights.
Dos años después de haber escrito Nicolás Serrano en sus Memorias lo que va copiado, se paseaba por Recoletos una tarde de primavera. Una muchacha de quince abriles pregonaba violetas, ramitos de violetas. Algunos árboles del paseo olían a gloria. Las golondrinas, bulliciosas, jugaban al escondite de tejado a tejado, rayando con su vuelo el cielo azul, rozando con las puntas de las alas, a veces, la tierra. Las fieras del carro de la Cibeles, teñidas de la púrpura del crepúsculo esplendoroso, parecían contentas, soñando, como la diosa, al son de la cascada de la fuente. Serrano gozaba de aquellas emanaciones de la Maya inmortal, si no contento, tranquilo por lo pronto, en una tregua de la angustia metafísica, que era su enfermedad incurable. Un perro cursi, pero muy satisfecho de la existencia, canelo, insignificante, pasó por allí, al parecer lleno de ocupaciones. Iba deprisa, pero no le faltaba tiempo para entretenerse en los accidentes del camino. Quiso tragarse una golondrina que le pasó junto al hocico. Es claro que no pudo. No se inquietó: siguió adelante. Dio con un papel que debía de haber envuelto algo sustancioso. No era nada: era un pedazo de Correspondencia que había contenido queso. Adelante. Un chiquillo le salió al paso. Dos brincos, un gruñido, un simulacro de mordisco, y después nada: el más absoluto desprecio. Adelante. Ahora una perrita de lanas, esclava, melindrosa, remilgada. Algunos chicoleos, dos o tres asaltos amorosos, protestas de la perra y de sus dueños, un matrimonio viejo. Bueno, corriente. ¿Que no quieren? ¿Que hay escrúpulos? En paz. Adelante: lo que a él le sobraban eran perras. Y se perdió a lo lejos, torciendo a la derecha, camino de la Casa de la Moneda. A Serrano se le figuraba que aquel perro iba así… como cantando. -¡Oh! Es mucho mejor filósofo que yo -se dijo.
Y, al volver la cabeza, vio enfrente de sí a Caterina Porena vestida de negro.