Un discurso by Leopoldo Alas — Read

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La flor del clasicismo es, sin duda, el helenismo, pues la obra y el espíritu de los romanos, por lo que a humanidades se refiere, no es sino un remedo más o menos fiel de la obra y del espíritu griegos. Hasta en el derecho, cuando éste va siendo menos original y más humano, influye, en lo esencial, el espíritu griego; y si para el arqueólogo jurídico importa hoy más el derecho de piedra, el derecho estricto de las XII Tablas, que el derecho que preparó la última trasformación, la justiniana; para la vida social, para la universalización del derecho romano, importa más la última etapa de aquella gran vocación jurídica, la reflexiva, la influida en parte por el pensamiento griego. Sí; en todo lo que toca a humanidades el helenismo es la flor del clasicismo. ¿Y qué es el helenismo? Mejor se siente que se dice. Si yo fuera pintor, pretendería figurarlo en un cuadro que reprodujera un diálogo de Platón en que Sócrates discurre apaciblemente, rodeado de sus amigos, a orillas de un río famoso, no por su cauce, sino por las ideas y la poesía del país por donde corre. Mientras las aguas risueñas se deslizan murmurando, Sócrates deja correr la vida, meditando desinteresadamente acerca de la naturaleza divina de las ideas: asunto de valor universal que a todos los hombres importa y que no interesa particularmente a ninguno.

"Nosotros, los helenos, dice Esquines en el discurso de la Corona, hemos vivido una vida más que humana y hemos nacido para ser eterno objeto de la admiración de los hombres." Hipócrates atribuye esta superioridad a la influencia benéfica del clima; Aristóteles apoya esta opinión, y Herodoto se cree en el caso de asegurar, bajo testimonios poderosos, que los discursos que atribuye a varios señores persas acerca de la mejor forma de gobierno son auténticos, porque teme que no se crea verosímil que aquellos hijos del Oriente se porten como si fueran helenos; porque para Herodoto son cualidades características de su raza la política, la filosofía y los delicados goces del gusto. Para M. Egger, a quien sigo en todo esto, en el discurso que Tucídides pone en boca de Pericles, en el segundo libro, está la expresión más elocuente de lo que los mismos griegos entendían, en los tiempos mejores, por helenismo. Si durante los días de la decadencia el helenismo se opuso al aticismo, refiriendo esto a la pureza del lenguaje; y si durante la Edad Media fue para los doctores cristianos helenismo sinónimo de paganismo, en tiempos modernos, y fuera de lamentables excepciones, la concordia del cristianismo y del noble espíritu helénico fue definitiva y sincera. En 1872, el ministro de Grecia en Londres, Braïlas Armeni, pronunciaba en griego dos conferencias para expresar, dice M. Egger, con gran elevación de pensamiento y elocuencia, estas dos condiciones del progreso moderno, esta concordia necesaria entre el principio cristiano y las doctrinas liberales de la filosofía antigua; concordia en que se da a Grecia todo su valor en cuanto maestra del espíritu moderno en los dominios de las artes y del ideal. "Preguntar, concluye M. Egger, si el helenismo sigue siendo y será siempre un objeto útil de estudio, si debe conservar su papel en nuestra educación clásica, es preguntar si queremos algún día renegar de nuestra historia y de las tradiciones comunes a todos los europeos civilizados, borrar el recuerdo de todo lo que Grecia ha hecho por nosotros, directamente o por conducto de Roma. Semejante cuestión, no está resuelta en cuanto está planteada?"

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