El cura de vericueto by Leopoldo Alas — Read

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Yo tengo mi casa de campo en la marina, donde los montes alzan poco la cresta y parecen las olas suaves y nada altaneras que se deshacen sobre la playa en ondas graciosas, tenues, cada vez más tenues, hasta ser un cordón de encaje que entre el sol y la arena disipan de una sola chupadura. Las montañas, como olas de la tierra que van al encuentro de las olas del agua, son, en el alta mar de los puertos, gigantes que meten la cabeza cana, como de rizada espuma, por las nubes plomizas; pero según se van acercando a la costa, se van achicando, achicando, hasta ser colinas, cubiertas de verdores, hasta la cima, y luego suaves lomas que llegan a confundirse con las dunas, donde las montañas del Océano también se desvanecen.

Desde un altozano, donde tengo una huerta, u en medio de ella un modesto belvedere, suelo yo contemplar en la lejanía del horizonte, medio borrados por la niebla, los picos y las crestas de las sierras y cordales, que son la espina dorsal del Pirineo por esta parte cantábrica. Cuando el cielo está muy despejado por todos los puntos cardinales, se ve desde mi huerta los Picos de Europa, que parecen girones de nubes que a veces dora el sol, para mí ya ausente.

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