El cura de vericueto by Leopoldo Alas — Read

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Metido en la aldea, viviendo de pitanzas, alguno que otro sermonzuco y la pensión de marras, que repartía con la demás familia, vegetaba mi juventud, sin encontrar la reina de Saba en cada rincón frondoso; llevando las tentaciones de bolina; criando mucha sangre, que no se me pudría, pues se gastaba en correr de aquí para allá, madrugar mucho y servir bien en mi oficio. Pero si no me hacía la lujuria tirarme de espaldas o de vientre sobre cardos y abrojos, otra comezón me apuraba y era la de la ganancia que no conseguía, el prurito del medro codicioso, apegado a mi espíritu como sarna heredada o cogida en la penuria miserable de los míos, en aquel hogar tan pobre en su hidalguía, tan acongojado con los apuros de cada cena, de cada par de zapatos, de cada teja que se rompía, de cada árbol que se secaba. Soñaba yo, así literalmente, con los miedos de hambre que años y años había pasado en casa de mis padres, y para toda la vida se me había pegado el hábito de pensar y anhelar constantemente en la pecunia y por la pecunia.

Parecíame la cosa más seria del mundo, la realidad más realidad, más inexorable, más fija en sus leyes. "Con el dinero no se juega", pensaba yo (¡ojalá no hubiera jugado nunca con el dinero!) esto era para mí un dogma; de todas las demás cosas tenía yo mis dudas, veía en el fondo de las preocupaciones humanas algo de ilusión, de fantasía, que si los pusilánimes no advertían, los valientes notaban, desengañados y atrevidos, sabiendo que no es bien muy seguro el que se puede perder cuando cualquier cosa se arriesga. Esta especie de semi-escepticismo burlón (respecto de las cosas temporales, por supuesto) servíame, como a otros, para osar mucho y con cierta gracia, por el escaso valor que previamente daba al que podía ir perdiendo… Mas esto en cosas que nada tuvieran que ver con los cuartos. Así, verbigracia en las de amor propio, honores, concepto ajeno, lindezas de la ropa o del ajuar casero, firmeza de las amistades y otras vanidades del mundo, como el mérito de nuestros actos, verdad de las doctrinas y opiniones, etc., etc. Si se me hablaba de milagros, yo creía todos aquellos que tenía obligación de creer, mas otros muchos en que las leyes naturales que se torcían nada tenían que ver con la marcha económica del mundo; pero en milagros de dinero no creía; porque parecíame a mí que en esto de los maravedises la seriedad exigía que no hubiese excepciones y que todo de antemano se pudiera calcular sin temor a inexplicables sorpresas. Dios mejor que nadie sabía cuánta formalidad se necesita en el comercio, en el cambio, en el crédito, y era seguro que todo lo tenía de modo inalterable dispuesto en las leyes a este orden relativas. Sin contar con que los milagros eran para fines espirituales, para dar frutos de religión, y la plata y el oro cosas rematadamente terrenas, perecederas y mundanas. El Señor había vuelto la vida a los muertos, la vista a los ciegos, la salud a los paralíticos, pero a los pobres les había mandado tener paciencia, y no les había llenado la bolsa más que con el buen consejo dado a los ricos de que les abandonaran sus riquezas. Por donde se veía que el mismo Dios, que sacaba la salud, la vista, la vida, de los abismos de su gracia, no había querido disponer así, por cosa vil, del dinero, y no encontraba otra manera de hacerlo pasar a unas manos que el sacarlo de otras, prueba de la perpetuidad y fijeza de las leyes del cambio.

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