Explore "Médico de cuerpos y almas" by Taylor Caldwell on Textopian. Read with annotations and highlights.
En años posteriores, Lucano pensó con frecuencia en la época que siguió a su rápida huida de Atenas, donde había vuelto discretamente muchas veces después, como un período en su vida lleno de sequedad. Había ido de un lugar a otro a través del ruidoso e inquieto imperio, sordo a lo que pasaba a su alrededor pese a que su habilidad y ternura como médico habían aumentado. Nunca fue voluble, pero se volvía cada vez más silencioso. Su vida personal se estrechó. Era como una semilla en estado de vida latente, esperando brotar y la llegada de las aguas de la primavera, para transformarse en un gran árbol. La semilla de su personalidad no germinó durante aquellos años, no produjo brotes, sino que permaneció reseca, sin emociones ni pensamientos. Se comunicaba cada vez menos con los demás. Sólo cuando Sara aparecía de improviso en algún puerto, su rostro rígido se alegraba y sus azules ojos brillaban. Pero veía a Sara una o dos veces al año. Ramus no le podía hablar.
Había llegado a establecer un código de signos elocuentes que les servía mejor que el lenguaje. Iban de un lado a otro como benevolentes y tranquilos espíritus, atravesando malolientes puertos. Se instalaban silenciosos en las pequeñas casas y jardines de Lucano, o permanecían apoyados sobre las barandillas de los barcos contemplando las estrellas y la luna, los amaneceres y puestas de sol. Lucano prefería llegar a sus casas por la noche, por temor a la multitud que le salía a recibir, como había ocurrido en algunas ocasiones. Cuando visitaba Atenas, tenía que buscar excusas para evitar la hospitalidad de Turbo. Miles de personas le amaban; miles de hombres le consideraban un dios. Se ocultaba de ellos, excepto cuando acudían a él angustiados y doloridos. Su desinterés crecía; reinaba a su alrededor una especie de gris abandono.