Médico de cuerpos y almas by Taylor Caldwell

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Lucano volvió a Atenas. Era un día cálido, al principio de la primavera, e incluso aquel seco y transparente aire tenía una cierta viveza y alegría. Las mujeres que vendían flores estaban sentadas junto a sus ramilletes y ante ellas tenían pequeñas montañas de laurel, violetas, rosas pequeñas, anémonas y capullos. Allí nunca hacía mucho frío. Sin embargo cuando llegaba la primavera, con el brotar de las flores y el aire azul brillante, la gente se ponía vehemente y hablaban llenos de gozo y placer. Las pequeñas tiendas vibraban con las transacciones; el olor de salchichas cocidas y ajos volvía a ser percibido por todos los sitios. Los niños corrían, gritaban y peleaban en las calles. Los ancianos sonreían unos a otros, acariciaban sus barbas y hablaban entre sí con aires de sabios. Las montañas estaban cubiertas de claro color verde refrescante. Sobre la Acrópolis, el Partenón parecía una corona de luz congelada. La poderosa estatua de Atenea se destacaba contra el cielo.

Por todas partes reinaba un apresurado sentido de anticipación. Jóvenes muchachos y muchachas paseaban cogidos de las manos sonriendo. Los niños reían en los brazos de sus madres. Los soldados romanos se recostaban contra las paredes de los edificios, bostezaban, guiñaban los ojos, se rascaban las barbillas y miraban ansiosamente a las mujeres. Los caballos que tiraban de los carros se encabritaban. Ladraban los perros. Los abogados y los negociantes habían detenido sus actividades. Paseaban tranquilamente y olvidaban discutir sus problemas.

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