Explore "Médico de cuerpos y almas" by Taylor Caldwell on Textopian. Read with annotations and highlights.
Lucano fue a pie para ver a María por última vez. La desolada y desierta calle donde ella vivía le deprimía. El suelo estaba lleno de baches en los que un ardiente polvo blanco se acumulaba. Las cerradas ventanas y puertas, huyendo del calor, parecían mirarle. Unas cuantas cabras y gallinas polvorientas se apartaron corriendo a su paso. Las montañas grises parecían danzar en oleadas de calor bajo un cielo abrasador. Estaba contento de que María partiese pronto para Jerusalén para quedar con el joven Juan a cuyo cuidado la había confiado su Hijo. Juan había hablado de ella con los ojos llenos de lágrimas y una profunda devoción, su voz temblorosa, y por lo tanto Lucano no temía que Juan descuidase a María.
María respondió a su llamada abriendo la puerta y sonriendo amablemente; luego le condujo por el tramo de escaleras a la habitación inferior, que parecía una cueva, donde reinaba la frescura. Le había preparado una comida que estaba dispuesta sobre la mesa de madera: rebanadas de pan con miel, panecillos crujientes, fruta, queso, leche de cabra y vino. Una luz difusa iluminaba la habitación en la que María se movía como una sombra. Mientras él comía ella permaneció sentada contemplándole, las manos reposando sobre el regazo, su hermoso rostro lleno de tranquilidad. Lucano había pintado su retrato sobre madera pero mientras la miraba se sintió lleno de frustración. Había creído, al final, que había conseguido una imagen de ella bastante aproximada. Pero María había cambiado de nuevo; era otra vez la tímida doncella, digna y llena de compostura, su mirada ensoñadora y lejana. Parecía emitir luz de su propia carne de tal forma que reinaba a su alrededor un halo de luminosidad.