Explore "Médico de cuerpos y almas" by Taylor Caldwell on Textopian. Read with annotations and highlights.
Era peligroso andar solo por las calles de Alejandría durante la noche y Lucano aflojó la daga que llevaba al cinto. No tenía miedo; era un atleta, alto y fuerte y no estaba lejos de su casa. Mantuvo la mano en el puño de la daga y anduvo rápidamente, lleno de furor y piedad. La capucha de su blanco manto cubría su cabeza, los vestidos flotaban a su alrededor. Caminaba por el centro de las tortuosas calles, evitando basuras, sin ver a nadie que se cruzase con él, percibiendo el mal olor, los mezclados y aromáticos perfumes de la ciudad; su corazón y su mente consumidos por sus pensamientos. Antorchas colocadas en cestas de hierro instaladas sobre las paredes iluminaban su figura con una moribunda y apagada luz roja. Una gran luna ardiente y blanca corría sobre él lanzando rayos de fuego plateado y su aspecto era tan poderoso y formidable, que rostros furtivos, que miraban desde los arcos y las puertas, retrocedían rápidamente como ante la vista de una aparición andante.
Lucano no se daba cuenta de los gritos o exclamaciones lejanos, de la música y de las risas, ni del tumultuoso palpitar y sonidos de aquella tórrida ciudad. Tan sólo se daba cuenta de sus turbulentos pensamientos, su pena por Eleazar y la hermosa joven Sara; su ira contra Dios que incansablemente traicionaba y perseguía con espíritu vengativo y constante al hombre. Pensó en el niño Arieh. Estaba convencido de que estaba muerto, asesinado a causa de la malicia y el odio y, por primera vez, Lucano se volvió contra el mal en el hombre, contra su crueldad y falta de piedad, contra su avaricia y envidia, contra su sed de sangre e incontrolada dureza de corazón y contra los crímenes cometidos contra el prójimo. Había otro enemigo además de Dios; el hombre mismo. En aquellos tremendos momentos Lucano odió por igual al hombre y a Dios y se sintió cansado de su propia vida, su propia presencia en el mundo de la humanidad.