Explore "Médico de cuerpos y almas" by Taylor Caldwell on Textopian. Read with annotations and highlights.
Nemo aseguró a Lucano que estaba tan «radiante como un sol», después del baño y del ungimiento, del cual Nema había sido excluida, y tras haberse puesto los blancos y dorados vestidos. Lucano había rechazado el collar, aunque no sin una rápida mirada al espejo. Se sentía poseído por una curiosa excitación. No quería reconocerlo, pero el mundo de los hombres y de extrañas experiencias nuevas, invariablemente le emocionaban como si fuese un recién nacido. Estaba a punto de ser iniciado en una atmósfera de la cual Diodoro había hablado con furioso desprecio. Lo que Lucano había visto hasta entonces, aunque contra su voluntad, había despertado su admiración, porque sus ojos de griego no eran insensibles a la belleza y su alma no era tan rígida como para sentirse a disgusto ante la vista de la grandeza y de la elegancia.
Lucano permanecía de pie en aquellas horas vespertinas, mirando hacia abajo, a la ciudad imperial, desde la altura de los jardines que se extendían fuera de las habitaciones. La ciudad se le mostraba como un sueño, purpúrea, dorada, violeta y blanca, flotando en una niebla sonrosada a través de la cual ocasionalmente aparecía una estatua alada sobre un alto pedestal, una incandescente bóveda, una nevada pared sobre la que se reflejaba la luz de los últimos rayos del sol, un esculpido y poderoso arco, el enorme abanico de piedra de los peldaños de unas escaleras olímpicas. Todo lo que no podía ser visto en la ciudad quedaba escondido por aquella niebla rosada que empezaba a fluir, no sólo en los cielos, sino sobre toda la ciudad, como si se difundiesen millones de rosas derretidas en una vasta cortina a través de la cual emergían formas fantasmales.