Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 2

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Salí del estudio maldiciendo el capricho o, por mejor decir, la flaqueza del arzobispo, y todavía más irritado contra él que afligido de haber perdido su favor. Y aun dudé por algún tiempo si iría a tomar mis cien ducados; pero después de haberlo reflexionado bien, no quise tener la tontería de perderlos. Conocí que esta gratificación no me privaría del derecho de poner en ridículo a mi buen prelado, lo que me proponía hacer siempre que se hablase en mi presencia de sus homilías.

Fuí, pues, a pedir al tesorero cien ducados, sin decirle una sola palabra de lo que acababa de pasar entre mi amo y yo. Después me despedí para siempre de Melchor de la Ronda, quien me quería tanto que no pudo dejar de sentir mucho mi desgracia. Observé que mientras le daba cuenta de lo sucedido su rostro manifestaba sentimiento. No obstante el respeto que debía al arzobispo, no pudo menos de vituperar su conducta; pero como en mi enojo juré que el prelado me las había de pagar y que a su costa había yo de divertir a toda la ciudad, el prudente Melchor me dijo: «Créeme, amado Gil Blas, pásate tu pena y calla. Los hombres plebeyos deben respetar siempre a las personas distinguidas, por más motivo que tengan para quejarse de ellas.

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