Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 2

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Habiendo salido a hacer llevar el equipaje a mi nueva habitación, encontré a la vuelta al conde en la mesa con muchos señores y el poeta Núñez, que con aire desembarazado se hacía servir como uno de tantos y se mezclaba en la conversación. Al mismo tiempo observé que no decía palabra que no cayese en gracia a los circunstantes. ¡Viva el talento! ¡El que lo tiene puede hacer cuantos papeles quiera!

Por lo que a mí toca, comí con los criados mayores, que fueron servidos con corta diferencia como el amo. Acabada la comida, me retiré a mi cuarto, en donde, reflexionando sobre mi condición, me dije a mí mismo: «Ahora bien, Gil Blas: ya estás sirviendo a un conde siciliano cuyo carácter no conoces. Si se ha de juzgar por las apariencias, estarás en su casa como el pez en el agua; pero de nada se puede estar seguro, y la malignidad de tu estrella te ha hecho ver muy de ordinario que no debes fiarte de ella. Además de esto, ignoras el destino que quiere darte. Ya tiene secretarios y mayordomo. ¿En qué querrá que tú le sirvas? Siempre querrá que lleves el caduceo, es decir, que seas su confidente secreto. ¡Pues sea enhorabuena! No se podría entrar bajo mejor pie en casa de un señor para andar mucho en poco tiempo.

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