Read "El extraño caso del Dr. Jekyll y Mister Hyde" by Robert Louis Stevenson online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Nací en el año de 18**, heredero de una gran fortuna, dotado con excelentes cualidades; mi naturaleza me inducía al trabajo, estimaba mucho la consideración de aquellos de mis compañeros que me parecían prudentes y buenos, en una palabra, hasta donde era posible creerlo, poseía las condiciones necesarias para tener un porvenir honroso y distinguido. En realidad, el peor de mis defectos era una tendencia excesiva hacia la alegría, lo que causa el júbilo en otros, pero difícil de conciliar con mi vivo deseo de llevar la frente alta y afectar en público una actitud más seria de la que generalmente tienen los otros hombres. De ahí resultó que comencé á ocultar mis diversiones y placeres, y cuando llegué á la edad en que se piensa y reflexiona, empecé á mirar á mi alrededor y á considerar la próspera posición que ocupaba en el mundo. Me sentí ya destinado á una profunda duplicidad en mi manera de vivir. Más de uno hubiera tenido á gloria las irregularidades de que era yo culpable, pero desde el alto punto de vista en el cual me había colocado, las miraba y las ocultaba con una sensación de vergüenza casi mórbida. De modo que fué más bien la naturaleza exigente de mis aspiraciones, que ninguna clase de degradación particular en mis faltas, lo que me llevó á ser cuanto fuí, lo que con un surco más hondo del que ordinariamente existe para la mayor parte de los hombres, dividió en dos, en mi ser, aquellas provincias del bien y del mal, que parten y forman el dualismo de la naturaleza humana. En tal estado de ánimo, me vi inclinado á reflexionar profundamente y sin descanso respecto de esa dura ley de la existencia que reposa sobre las bases de la religión y que es una de las causas de la desgracia de nuestra raza. Á pesar de ser en modo tan absoluto un hombre de doble faz, no era hipócrita en la acepción que se da á esta palabra; las dos partes de mi yo eran ambas verdaderamente serias. No era más yo en realidad, cuando arrojando todo freno, obraba vergonzosamente, que cuando, á la luz del día, trabajaba para aumentar mis conocimientos, ó cuando procuraba aliviar á los desgraciados y á los enfermos.
La casualidad quiso que la orientación de mis estudios científicos, que me guiaban absolutamente hacia lo místico y trascendental, diese de rechazo ejerciendo como una fuerza de repulsión, y me hiciese comprender, iluminándolo con mayor claridad, ese estado de perpetua lucha entre las distintas partes de mi ser. Cada día, y desde el doble punto de vista de la moral y de la inteligencia, llegaba con mayor seguridad al conocimiento de aquella verdad, cuyo descubrimiento parcial me arrastró á este espantoso naufragio: á saber que el hombre no es realmente una entidad, sino que existen dos entidades en él. Digo dos, porque el estado de mi propia ciencia no me ha permitido pasar de ahí. Otros me seguirán, otros irán más allá en esa vía; y aventuro, y me atrevo á emitir la opinión de que ulteriormente se reconocerá que el hombre es una simple aglomeración de diversos individuos sin ninguna relación entre sí. En cuanto á mí, por la misma naturaleza de mi vida, adelanté forzosamente en una sola y única dirección.