Read "La isla del tesoro" by Robert Louis Stevenson online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
CUANDO subí sobre cubierta á la mañana siguiente, el aspecto de la isla había cambiado en gran manera. Aun cuando la brisa de la víspera había cesado ya, el camino hecho durante la noche era muy considerable y á la sazón nos encontrábamos detenidos como á una media milla al Sudeste de la costa baja oriental. Bosques de un color pardo cubrían una gran parte de la superficie de aquella tierra. Sin embargo, ese tinte se interrumpía aquí y acullá por las listas amarillentas de la arena, en los terrenos más bajos y por algunos árboles más elevados, de la familia de los pinos, que se alzaban sobre las copas de los otros, algunos de ellos aislados y dispersos, otros reunidos; pero el aspecto y el colorido general de la isla era triste y uniforme. Los cerros se alzaban libremente por encima de la vegetación, en espirales de desnudas rocas. Todos eran de extraña configuración y el del "Vigía" que sobrepasaba en trescientos ó cuatrocientos pies á la eminencia próxima á él en elevación, era probablemente el de aspecto más raro, alzándose casi derecho, por todos lados y apareciendo después cortado repentinamente en la cima, como si fuese un pedestal listo para recibir una estatua.
La Española vaciaba á torrentes sus imbornales en la agitada superficie de un mar de leva. Los botalones chocaban con los motones, el timón golpeaba de un lado y otro y todo el navío rechinaba y parece que gemía y temblaba como una gran fábrica en operación. Yo me veía obligado á asirme á los brandales de los masteleros con todas mis fuerzas y sentía que el mundo entero daba vueltas vertiginosamente en torno de mi cabeza, porque aun cuando yo era ya un marino bastante bueno, cuando el buque iba en marcha, aquella movible inmovilidad (permítaseme la frase), aquel meneo desesperante sin salir de un punto y aquel verme rodado de aquí para allá como una botella suelta, fueron cosas que jamás afronté sin sentirme desfallecido, sobre todo en la mañana y cuando el estómago estaba completamente vacío.