Vida y destino by Vasili Grossman — Read

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Cuando la gente en la retaguardia ve pasar los convoyes de refresco hacia el frente les invade un sentimiento de angustiosa felicidad; les parece que aquellos cañones, aquellos tanques recién pintados están destinados a asestar el anhelado golpe decisivo que precipitará el feliz desenlace de la guerra.

Los soldados que suben a los convoyes después de pasar una larga temporada en la reserva sienten una tensión especial. Los jóvenes oficiales sueñan con recibir órdenes de Stalin en sobres lacrados. Los hombres con experiencia, por supuesto, no piensan en nada semejante: beben agua caliente, ablandan el pescado seco golpeándolo contra la mesa o las suelas de las botas, discuten sobre la vida privada del mayor, las perspectivas de intercambio de mercancías que habrá en la próxima estación. Los veteranos ya saben cómo funcionan las cosas: se desembarca a las tropas en alguna zona cercana al frente, en una recóndita estación cuyo emplazamiento sólo parecen conocer los aviones alemanes, y bajo el primer bombardeo, los novatos pierden parte de su humor festivo. Los hombres, que durante el trayecto han dormido como lirones, ahora ni siquiera tienen una hora de reposo; la marcha se prolonga durante días enteros; no hay tiempo de comer ni de beber, mientras las sienes parecen a punto de estallar por el incesante rugido de los motores recalentados; las manos tampoco tienen fuerza para sujetar las palancas de mando. Por su parte, el comandante está harto de mensajes cifrados y de la ración generosa de gritos e improperios que le llegan a través del radiotransmisor; los superiores necesitan tapar agujeros en el frente lo más pronto posible, poco importa cuáles hayan sido los resultados de las tropas durante los ejercicios de tiro. «Adelante, adelante.» Es la única arenga que retumba en los oídos del comandante de la unidad y éste avanza, no se detiene, ataca con todas sus fuerzas. Y, a veces, nada más llegar, sin haber explorado previamente el terreno, la unidad se ve obligada a entrar en combate; la voz cansada y nerviosa de alguien grita: «¡Contraatacad, rápido! ¡A lo largo de esas colinas! No hay ni uno de los nuestros y el enemigo arremete con fuerza. Nos vamos al garete».

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