La malcasada by Carmen de Burgos — Read

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Se comenzaron a abrir las puertas con lentitud, como si se abriesen en secreto, tratando de apagar el ruido para no turbar el sopor de la calle, dormida bajo su sábana de escarcha. Por las estrechas rendijas que abrían en las puertas se deslizaban mujeres muy arropadas en sus mantos, con el libro de misa en la mano y el rosario colgando de la muñeca. A veces, detrás de la señora iba la criada, arrebujada en su mantón, con la cesta al brazo, a fin de que la señora hiciera la compra después de oír su misa.

Era un público especial el que se encontraba a aquella hora. No se hallaba más que a los obreros que se dirigían a su trabajo; los cabreros, detrás de sus rebaños; las criadas y las devotas madrugueras, que pasaban como ateridas de frío, sin fijarse en nada.

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