Explore "La malcasada" by Carmen de Burgos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Gozaba Dolores en su nuevo domicilio el encanto de la placidez y del reposo. Tenía la casa de la buena ancianita algo que venía a realizar el sueño de paz que sugieren esas casitas pequeñas de las aldeas, que dejan ver por las ventanas abiertas, cuando pasamos rápidamente ante ellas, una lámpara, un tapete y un cromo, y que tienen frente a la puerta el parral o la enredadera. Encontraba la dulzura del orden del silencio y de la seguridad que allí se le ofrecía. Sentía Dolores un cariño al hogar que hasta entonces no había experimentado. Se entretenía en ayudar a doña Anita, en el cultivo de sus macetas, el cuidado de sus canarios y las tareas de la cocina, golosa como cocina de mujer sola, que tenía a orgullo hacer los mejores pastelillos y el mejor alfajor moreno de toda la población. Corrían así los días dulcemente, llenos de infantilidad, de goces inocentes.
De noche venían los dos únicos amigos de doña Anita, que se vanagloriaban de tener ya entre los dos reunidos, en la caja de ahorros del tiempo, cerca de siglo y medio. La mayor parte de aquellos años pesaban sobre don Andrés, un viejo gentilhombre de su majestad, que pasó en Madrid toda su juventud, y pasaba la vida hablando de la lejana corte de la reina Isabel, con la que parecía haber tenido muy íntima relación, y maldiciendo de los palaciegos que pasaron al servicio de Amadeo sin guardar fe ni ley a su señora.