La mujer fría by Carmen de Burgos — Read

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Blanca, envuelta en el amplio peinador de crespón amarillo, con la cabellera ceniza y rizosa cayendo sobre los hombros desnudos, parecía, puesta de pie cerca de balcón, una estatua de piedra cubierta con la túnica de seda; pero aquella estatua animada sufría un dolor vivísimo, que se reflejaba en la mirada ansiosa y en las pupilas verdes que empañaban las lágrimas como si fuesen cristalillos de escarcha sobre una hoja tierna de árbol.

Se había acostado inquieta y preocupada después de despedir a Fernando en la puerta de la verja. Le quedaba una duda, que más bien creaba ella misma para engañarse. Eran ya muchas las veces que los enamorados huían al robar el primer beso a sus labios fríos. Pero esta vez quería dudar, porque era la única vez que amaba. No había mentido al asegurarle a Fernando que había visto en él su destino el día que lo vio en el teatro en el palco de los señores de Meléndez. Fue por acercarse a él por lo que le había hablado al viejo senador de sus sobrinas y por lo que quiso ir a tomar el té en su casa e invitarlas después a la suya.

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