Los anticuarios by Carmen de Burgos — Read

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Era allí en su tiendecita, en su guardajoyas, donde Adelina se encontraba a gusto. A pesar de sus deseos de poder retirarse a descansar se sentía allí en su mareo, en su salón, para recibir a la gente que iba como de risita.

Cada persona que entraba era un misterio que se hacía sabroso descifrar. Además de los compradores existía la procesión lastimosa de los que iban a vender y entre los cuales era preciso establecer distinciones para no caer en el engaño y confundir a los vendedores de buena fe con los que iban a engañar a los anticuarios y solían fingir el paso vacilante, la indecisión y la timidez.

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