Explore "Flavio" by Rosalía de Castro on Textopian. Read with annotations and highlights.
Hermosa era la tarde y cristalinas las gotas de agua que se desprendían de los árboles. El cielo azul estaba sembrado de nubes ligeras y blancas como palomas; la atmósfera, limpia y pura; las praderas exhalaban gratos aromas que halagaban deliciosamente los sentidos, y a lo lejos, el mar, mostrándose inmenso y tranquilo, dejaba que se deslizasen sobre sus ondas los grandes buques y las pequeñas embarcaciones de los marineros de aquellas costas. El río seguía apaciblemente su curso entre sus húmedas orillas sembradas de flores azules; los silvestres pensamientos, cuyo color es tan apagado y triste como los recuerdos vagos de un amor que ha vivido y muerto ignorado, lanzaban sus débiles perfumes; y el canto sencillo de los pájaros, el chirrido del torno, al que hilaba una anciana de respetable fisonomía al umbral de la puerta, y el cacareo de los gallos jóvenes, que decían adiós al sol para recogerse, se dejaban sentir consecutivamente, formando un murmullo y una armonía verdaderamente campestres. Dulce tarde de otoño, tranquila y cariñosa; cuadro apacible que Flavio contemplaba absorto y silencioso desde una de las cuatro ventanas pintadas de verde que decoraban la sencilla fachada de la casa que habitaba.
Apoyada lánguidamente su cabeza sobre una de sus manos, dirigía melancólicas miradas hacia la parte más extensa del horizonte, magnífica llanura cubierta de arbolado y rodeada de montañas que parecían tocar el cielo con sus agudos picos desnudos de vegetación, y cuyo color sombrío y extraña construcción les daba cierta semejanza con esos aéreos castillos que, según antiguas y fantásticas tradiciones, eran edificados por el diablo en la cima de las inaccesibles montañas. Levantándose más allá de la región de las nubes que coronaban sus cabezas cenicientas, y formando una muralla semicircular en rededor de la campiña que reverdecía tranquila y resguardada con su sombra, parecían oponer a los viajeros una valla insuperable. Flavio las seguía hasta su formidable altura, desafiándolas con sus miradas penetrantes y melancólicas, como si quisiera traspasar aquellos horizontes y llegar hasta los más lejanos, otros bosques y otras campiñas queridas para su alma, que aquellas ásperas montañas ocultaban traidoramente.