Explore "El amor a la lumbre" by Rosario de Acuña on Textopian. Read with annotations and highlights.
Vengan los gruesos troncos del olivo, ese buen amigo del hombre que con la dulce savia de sus fibras da alimento, luz y calor; enciéndase la llama en la espaciosa chimenea y viéndola revoltear en azulados espirares, soñemos, puesto que para vivir es menester soñar.
He ahí la lumbre; una butaca ancha y cómoda, acaso vieja, pero siempre limpia, nos ofrece el descanso; nuestros ojos buscan el fuego, después recorren el estrecho recinto de la habitación: primero el agradecimiento al calor, después la satisfacción de poseer algo. Y sin embargo, nada miramos que nos anuncie otra cosa que una modesta dependencia; el humilde papel que viste las estrechas paredes campea sin adorno ninguno, sin que los esculturales s de algún rico marco, que muchas veces suele servir de nido a las arañas, rompan la continuidad de las líneas. En las ventanas una blanca muselina quita de día la fuerza de los rayos del sol, y de noche desaparece entre las dobles hojas de los postigos. Un sencillo mueblaje rodea la estancia donde no hay más perfume que el aseo, ese capital cuya renta es la paz y la resignación…