El amor a la lumbre by Rosario de Acuña — Read

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Son las once; el lecho nos brinda al descanso; el mañana se acerca y es necesario que el día nos halle dispuestos al … ¡Cómo hiela! ¡Cómo brillan los astros de la noche! ¡Qué frío sentirán los pobres niños a quien la sociedad olvida sobre las frías losas de algún húmedo portal, donde una madre mercenaria les obligó a dormir para excitar la sistemática caridad del hombre! ¡Pobres ángeles de la tierra cuyas alas se manchan con el cieno de las pasiones antes de perder las blancas plumas de la inocencia! ¡Pobres niños… y pobres pájaros, esos otros ángeles cuyos trinos son los himnos que la Naturaleza canta al alma del mundo! ¡Qué terror sentirán al encontrarse ateridos en medio de la oscuridad! ¡Pobres pájaros y pobres niños en las noches de invierno! Descansemos; desde nuestro lecho podemos seguir viendo la lumbre; allí está. «Duerme, nos dice, mientras mis últimos destellos esparcen el calor en torno de tu cuerpo» Y la llama flamea en espirales rojas y blancas; y sube, sube, y allá, fuera, convertida en humo, seguirá subiendo hasta desparecer en tenue gasa a través de la cual temblarán ondulando las estrellas… Arriba el humo, el aire, la nada; abajo la ceniza, el polvo, la nada también… Entre ambas nadas, el sueño, la incertidumbre, la duda; la nada de la vida. ¡Todo es nada al amor de la lumbre!

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