El primer día de libertad by Rosario de Acuña

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Viajero que pasas, si te detienes junto a esas piedras que bordean el camino, recoge estos apuntes que te dejo entre las finísimas hebras de mis plumas; párate y escucha las últimas frases de mi agonía, escritas entre los píos de mis postrimeros gorjeos; ¡ojalá que medites al terminar lo que leyeres!, ¡ojalá que busques entre el terroso polvo que pisas, algún tenue hueso de aquel que fue mi cuerpo!; y ¡ojalá que, al tender tu mirada en el espacio de los cielos, no envidies el poder de las alas que allá en tu fantasía, quisieras tener para cruzar, como el pájaro, la región infinita sin fijar tu planta sobre la áspera tierra…! ¡Escucha…!

Yo nací en jaula de oro; entre las suspendidas pajas de un nido hecho de filigrana, abrí mis ojos a los rayos del sol de mayo; todo era luz en torno mío; un tibio invernadero daba vigor a exóticas plantas abrigando con sus delicados efluvios la tenue vida que en mí nacía ante el suave calor de mis enamorados padres; volteadores compañeros mandaban a las vibradoras ondas del aire su confuso tropel de trinos y gorjeos, y sobre las arqueadas ramas de un simulado sauce de plata, piaban a porfía mis hermanos de otra nidada, aprendices del canto de nuestros mayores que, en tonos destemplados, intentaban formar armónicas escalas y desprendidas notas. Mi pluma fue de oro como mi jaula; cuando pude tenerme sobre el argentino árbol, me fije vanidoso en las ondas del cristalino arroyuelo que por la pajarera cruzaba, y con el orgullo de mi belleza, alisé mis plumas en orden minucioso con todo el primor del que ama la hermosura, y en sí mismo la ve. Aprendí a cantar; mis trinos dominaban con su agudo poder, las voces de mis asombrados compañeros, y cuando al ponerse el sol le despedía desde las más altas ramas del sauce, todos los pájaros que conmigo vivían, escuchaban con religioso silencio, el inspirado himno de mi amor. Un día mi hermosura y mi canto llamaron la atención de una mujer que me contemplaba absorta; cambié de jaula, me despedía de mi infancia, y abandoné aquel recinto donde las palmeras enanas mezclaban sus largas hojas con el brillante plátano y el aterciopelado naranjo; mi jaula fue de plata, y en vez de árbol una argolla de sonrosado coral me brindaba, suspendida por tenue alambre de oro, el suave vaivén de columpiadota rama; estaba solo, solo en el santuario de una mujer hermosa; vivía entre el amor, la molicie, el lujo y, ¡quién sabe!, ¡acaso la falsedad!; desde mi jaula contemplaba a mis pies todo un mundo de pequeñeces, al parecer grandezas entre los hombres; anchos divanes de rameado raso dejaban escapar de sus bordes cascadas de seda y deshilachado hilo de oro; jardinera de bronce y afiligranado barro, sostenían plantas compañeras de aqeuellas otras que vi al conocer la vida, pero que solo eran iguales en la forma, pues mucho más reducidas o empobrecidas vegetaban buscaban un rayo de luz, y entreabriendo sus pálidas flores ante los minuciosos y artificiales cuidados de mi dueño; grandes lámparas de bronce y de china pendían, como mi jaula, de aquel nido de la tierra, y sobre mesas, muebles, estantes y veladores, un mundo de barro, metal, marfil, nácar, pórfido y alabastro, se mostraba a la vista bajo las múltiples formas que la naturaleza ofrece en sus infinitas y admirables transformaciones. Aquel gabinete era como una miniatura, hecha por tosca mano, de las grandiosas obras de la creación; en detalles admirable, en conjunto mísero; de mi reino no había más ejemplar que yo; a mi ama no le gustaban las aves, y solo por lo excepcional de mi belleza y mi mérito, pude entrar en aquel mundo sin creador.

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