Explore "La conquista del Perú" by Pablo Alonso de Avecilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
Envanecidos los reyes católicos con las conquistas que diariamente arrebataban de las manos de los sarracenos; orgullosos de los triunfos que conseguían sobre sus nobles e infanzones, arrancándoles sus antiguos derechos feudales, con que engrandecían su poder supremo, tendían arrogantes su vista al Océano, y fácilmente se persuadían del agradable delirio que detrás de aquellas movibles montañas de olas, habría también otros imperios y otras coronas que ceñir a sus frentes, y que engrandecieran su poderío. Hubo un hombre atrevido, más grande que su siglo, que les ofreció a sus plantas un Nuevo Mundo, y la antigua Península era ya corto límite para encerrar el poder de los reyes de Aragón y de Castilla. Colón lisonjeaba la vanidad de estos poderosos monarcas, y el Génesis y el Pontífice habían de enmudecer ante la voluntad inflexible de los conquistadores de Granada, que habían de amarrar un nuevo mundo al trono colosal de Carlos quinto.
Cristóbal Colón, natural de Génova, había pasado su preciosa existencia en viajes marítimos de más o menos importancia. Este hombre obscuro, más adelantado que su siglo en el conocimiento de la astronomía y de la navegación, conoció como por instinto que debía haber otro continente, y que le estaba reservada la eterna gloria de descubrirle. Los antípodas, que la razón condenaba como quimera, y la superstición como error o impiedad, eran para este hombre extraordinario una verdad incontrastable. Poseído de esta idea, la más grandiosa que ha concebido humano, propuso a Génova, su patria, poner bajo sus leyes otro hemisferio. Despreciado por esa débil república, por Portugal donde vivía, por Inglaterra, aunque pareciera siempre dispuesta a cualquiera empresa marítima, cifró las esperanzas de sus proyectos en Isabel.