La conquista del Perú

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En cuanto Colón pudo refresca sus cortas tripulaciones en la isla de Santo Domingo, y establecer una pequeña colonia que le sirviese de punto avanzado para las grandes excursiones que meditaba, se dio de nuevo a la vela cediendo a sus instintos. Reconoció en una de sus expediciones el Orinoco, y en otra la bahía de Honduras. Concibió que aquellos países formaban un continente, y deducía también que mis allá habría otro Océano que bañase las playas de las Indias Orientales, y que estos dos mares tuviesen comunicación entre sí, que el atrevido navegante buscaba ansioso. Sondeaba las costas, desembarcaba cuando le era posible, y siempre justo y humano se granjeaba el amor de los habitantes de todo los países. El istmo de Darién llamó particularmente su atención; siguió los ríos que allí se arrojan por un brazo del grande Océano, que unía por un estrecho las mares del Sud y del Norte de América, y creyó su plan realizado; pero halló burladas sus esperanzas, y se limitó a establecer una colonia: mas la avaricia y la imprudencia de sus compañeros, le enajenaron la buena voluntad de aquellos habitantes, que atacaron a los expedicionarios, y Colón tuvo que reembarcarse, y huir en sus débiles navíos que averiados y despedazados, no se prestaban a nuevas empresas.

Empero, no fueron estériles estas expediciones; Americ Ojeda, Niño, Bastidas y otros, prosiguieron la ruta que Colón les había indicado, pero aventureros que no recibían del gobierno más que la vana licencia de hacer descubrimientos, ni pensaban en establecer colonia, ni en más que llenar su ambición y su orgullo. ¡El oro y la sangre corrían de un mundo al otro! Entre la multitud de aventureros que saqueaban y desolaban aquellas desgraciadas costas, se halló un hombre, Vasco Núñez de Balboa, a quien la naturaleza había dado exterior agradable, temperamento robusto, y elocuencia popular: y en quien la educación había hecho germinar nobles sentimientos. Estableció una colonia en Darién, donde no dejaban de abundar las riquezas: pero un día repartiendo oro con uno de sus asociados comenzaron a reñir agriamente. Entonces indignado un salvaje que los servía, tiró con rabia el peso, y dijo a los dos españoles ¿y reñís por cosa tan despreciable? Si por este vil metal abandonáis vuestra patria, y turbáis la quietud de tantos pueblos, venid, yo os llevaré donde quedéis saciados. Cumplió su palabra, y los condujo a las costas del mar del Sud.

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