La conquista del Perú

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Diestramente derramó Pizarro por Panamá y las Colonias inmediatas las inmensas riquezas que sustrajo de la capital de Coaque, y así hizo en breve concebir por todos aquellos países las más ventajosas ideas de los tesoros del Perú, y se extendió la fama, y mil aventureros de todas partes volaban ansiosos a dividir el rico botín y a saciar su codicia. Acuartelado en Tumbez esperaba la llegada de sus compañeros para emprender la conquista del imperio, y en tanto tomaba noticias de las costumbres de los peruanos, aprendía su lengua y se preparaba al triunfo.

Los peruanos no podían formar exacta idea del objeto con que los españoles ocupaban su país y se perdían en un mar de conjeturas. ¿Debieran mirar a esos extranjeros tomo seres de una naturaleza superior, que iban a castigar sus crímenes y a labrar su felicidad, o ya como enemigos de su libertad y de su reposo? Las protestas que les prodigaban los venidos del Oriente, de que habían ocupado aquel país para conducirlos al conocimiento de la verdad y a la ventura, daban alguna probabilidad a la primera opinión; pero atendidas sus violencias, su rapacidad y su conducta, no podían menos de temer de tales extranjeros. De todos modos la tranquilidad de ánimo es siempre inconciliable con la superstición y las preocupaciones. Los peruanos creían ofendido al Sol, su Dios y su padre; creían a los castellanos sus vengadores, y la turbación era necesaria.

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