La conquista del Perú

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Los pocos nobles y cortesanos que se salvaron de la matanza y todo el ejército peruano, se encerraron en los débiles muros de Cajamalca, cuando ya la noche había tendido su negro manto. Llorando el padre al hijo, el esposo a la esposa, la virgen a su adorado, el pueblo a su monarca, lúgubres y hondos gemidos resonaban en medio del terror religioso que ocupaba al Nuevo Mundo. Los suspiros de la ciudad se confundían con los lamentos de los heridos, que expiraban en el campo del destrozo, cuando la melancólica luna siguiendo su carrera, llenaba de espanto a los inocentes adoradores del Sol. Ni los gritos de la venganza, ni las imprecaciones de la desesperación, consolaban a los afligidos en su abundoso llanto; creían obra del cielo aquel exterminio, creían a los europeos hijos del Dios de la luz, y al arrancar allá del alma sus gemidos, sólo fijaban los ojos en la tierra, y no osaban volverlos hacia el opaco firmamento.

El pueblo, los nobles, los Incas, los sacerdotes y los innumerables guerreros confundidos por las plazas y calles, estaban como petrificados en un profundo estupor, y nadie interrumpía aquel terror religioso. Ya la callada luna reclinaba en la tierra su macilenta frente y el primer albor del lucero matutino comenzaba a esclarecer el horizonte, cuando Vericochas, el sacerdote mas anciano del imperio, sin reprimir su llanto, alzó su quebrada voz y se dirigió a su pueblo: «Peruanos, el sublime Dios del día, exclamaba bañado en lloro, rompe las tinieblas de la noche y borda con su púrpura las montañas. Tal vez airado, enrojecida su faz de viva lumbre, arrastrará tras sí al ronco trueno y el fulminante rayo, y arderán los cielos. Postrémonos humildes ante su poder, bendigamos su omnipotencia e imploremos su misericordia. Corramos al sacrosanto templo, ofrezcámosle inocentes sacrificios, y aplaquemos sus iras.» Dijo y con tranquilos pasos se dirigió hacia el templo; le rodearon los sacerdotes y lo siguieron el pueblo y los guerreros.

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