Explore "La conquista del Perú" by Pablo Alonso de Avecilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cansados de matar los invasores en los campos de Cajamalca, se replegaron de nuevo a sus tiendas, cuando los aterrorizados peruanos se habían y encerrado en los muros de la ciudad, y la noche tendía su lóbrego manto por las ensangrentadas arenas. Un inmenso botín fue el fruto de aquella célebre jornada, botín inmenso que excedió con mucho las grandes ideas y esperanzas que los aventureros habían concebido de aquellas ricas playas. El magnífico trono de oro de Atahulpa, la inmensidad de piedras preciosas que cubrían al monarca, a su corte y a sus nobles, todo cayó en poder de los vencedores, que en tan feliz momento se apoderaron, puede decirse, de las riquezas del imperio. Aunque con dulces ademanes y ceremonias el prisionero emperador fue despojado de todas las riquezas con que se engalanaba, diciéndole que aquello pertenecía al grande Rey del Oriente, porque el pontífice Alejandro se lo había concedido, y como es natural en todas las victorias, los vencedores se esparramaron por el campo del destrozo, y alumbrados por la trémula luna, despojaron y desnudaron a los cadáveres y heridos. Eran herejes los desgraciados idólatras del Sol, y el siglo XVI solo les concedía horror, desprecio, sangre y muerte.
Seguros los invasores del terror que habían inspirado a sus contrarios, se abandonaron en medio de su opulento botín a la crápula y a la risa, sin temor de ser atacados, e inmediatamente se procedió al repartimiento de tantos tesoros, en proporción a las graduaciones militares, separando religiosamente el quinto para el rey de España, y según los mejores textos peruanos, a cada simple soldado le correspondieron valores por quince mil duros. El estruendo y el alborozo resonaban a una con los lamentos de los heridos y los suspiros de Atahulpa; y así la callada noche ya recogía su negro manto, y el lucero matutino esclarecía el horizonte.