La conquista del Perú

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Preciso será que suspendamos por un momento la rápida narración de los sucesos, y nos detengamos a tender una ligera ojeada sobre el siglo XVI, y examinemos la situación política de Europa, y por consecuencia la situación política también en que habían de constituirse los nuevos continentes a donde la ambición lanzaba a los europeos. El vasto imperio del Perú, como hemos visto, obedeció las órdenes de Pizarro, y como país conquistado, y más en aquella aciaga época, había de sufrir precisamente un horrible despotismo militar, y sólo en las fragosidades de los Andes se respiraba el balsámico ambiente de la libertad y de la independencia; pero el corto ejército del imperio, refugiado en las montañas, no pudiera reflejar rayo alguno de esperanza sobre su patria. El imperio de los Incas había desaparecido bajo las huellas vencedoras de Pizarro; Pizarro como conquistador era el jefe absoluto del imperio, y a la voz de Pizarro se estremecían las conquistadas playas.

Como ya hemos visto también, al llegar Fernando a Cajamalca con los 800 aventureros de Panamá y colonias inmediatas, muchos de los ya enriquecidos con el inmenso botín, tomaron sus licencias, y volvieron a sus hogares cargados de tesoros. Las consecuencias eran naturales; la ambición había de ponerse en rápido movimiento por los inmediatos continentes, y asegurada la comunicación con Panamá, Darién y colonias comarcanas, millares de nuevos aventureros, volarían al imperio destrozado de los Incas, ansiosos de aplacar su ambición en sus inagotables fuentes de riqueza.

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