Explore "La conquista del Perú" by Pablo Alonso de Avecilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pizarro llegó a Cuzco perseguido con obstinación por los Peruanos; en su retirada hizo prodigios de valor que otras veces le hubiesen asegurado la victoria, pero los súbditos de los Incas se batieron como soldados europeos, y su número les aseguró el triunfo. Almagro dio regularidad a las masas armadas que discurrían errantes a la muerte, y la aurora de la libertad del Perú, parecía ya esclarecer en el Oriente. La capital se consternó al ver llegar en derrota al gobernador; el atleta que jamás se vio vencido, se miraba humillado y amenazado por un enemigo formidable. Entonces se empezó a conocer la desacertada política de haber roto con Almagro y con otros compañeros, que huyendo de Pizarro y Luque tuvieron que marchar al campo enemigo. La disciplina en los combates, la unión impenetrable de las masas todo se miraba como efecto de la instrucción de los Españoles, y la sangre de los Peruanos no correría ya impune en los campos de batalla. Valientes llenos de amor por su patria, jamás se intimidaron a vista de las tumbas; pero sus arcos y sus flechas, sus débiles lanzas, jamás pudieran cruzarse con las espadas europeas; mas cuando se vio que empuñaban aceros, cuando lejos de huir aterrados al estampido del cañón, derramaban también la muerte con su artillería, era preciso que desmayasen los conquistadores.
¡Un pueblo que tiene armas y virtudes, jamás doblega su cuello al yugo de los tiranos! Pizarro entró en la ciudad con 200 soldados, pero bien pronto se tendieron en la campiña muchos batallones peruanos que le seguían en su retirada, y ya los conquistadores parecían estar sólo a la defensiva. Almagro para tomar la capital no quiso se pasara el terror de la primera derrota.