Paredes, un campesino extremeño

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A las ocho de la tarde fui a la casa de Mari Pepa, como me había dicho Teresa. ¡Qué guapa estaba la tía! Me pasó al cuarto de los sillones, donde ya estuve en la última ocasión. Tenía puesta la misma bata que entonces, pero abrochada hasta el cuello, recatada. No estaba maquillada, como entonces. Su rostro mostraba una palidez intensa y sus ojos tenían unas profundas ojeras. Pero, todo ello, en vez de restarle encanto, se lo daba.

-Quiero pedirte un favor -me dijo tan pronto como me senté, y sin rodeos.

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