El escándalo by Pedro Antonio de Alarcón — Read

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Transcurrieron cuatro meses, que yo pasé en Londres, y que me parecieron cuatro siglos. La seguridad de que Gabriela me amaba más que nunca; la dureza con que me trataba al propio tiempo; la carencia de una carta suya que me diese a probar la divina lisonja de aquel cariño; la prohibición que me impedía desahogar mi alma en su alma, expresándole mi agradecimiento, mi adoración y mis propósitos de consagrar toda mi vida a su felicidad; tantas esperanzas en el aire, sin el alimento de una palabra, de una mirada, de un signo cualquiera que las renovase continuamente, y el temor, que por lo mismo asaltábame a todas horas, de si Gabriela estaría perdiendo en aquel momento su fe en mí; de si estarían deslizando en sus oídos alguna calumnia a que diese crédito; de si, juzgándose engañada otra vez, habría resuelto profesar o estaría profesando en aquel instante… ; todo esto, digo, convirtió mi pasión en angustia infinita y mortal zozobra, que no me dejaba punto de reposo. ¡Ningún hombre habrá padecido nunca los tormentos de amor que yo sufrí aquellos meses en mi destierro! ¡Ninguna mujer habrá sido nunca querida, venerada, idolatrada como Gabriela llegó a serlo entonces por mí! Y, en consecuencia de todo (me atrevo a decírselo a usted por vez primera), mi alma llegó a purificarse de todas las ruindades pasadas; comencé a ser bueno verdaderamente; conocí que merecía misericordia y hasta premio; creíme, en fin, digno de que Gabriela me diese la mano de esposa.

Tal era mi situación, cuando recibí un telegrama de Diego, que decía de este modo:

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