Explore "El final de Norma" by Pedro Antonio de Alarcón on Textopian. Read with annotations and highlights.
Hammesfert se ha llamado por los viajeros, y por los naturales del país la Venecia del Norte, porque, a la manera de la bella esposa del Adriático, está toda cruzada de canales, a tal punto que no se puede pasar de un barrio a otro sino en lanchas o por altísimos puentes. Las aguas de aquellas lagunas son célebres por su transparencia, que deja ver los pescados y las arenas de los fondos más profundos como a través de un cristal. La mayor parte del año están helados los canales, y entonces sustituyen a las lanchas los trineos y los bastones herrados; pero cuando llega el verdadero invierno polar, nadie sale de su casa. Con este motivo hay barrios enteros cubiertos de cristales, celosías y toldos, que permiten a cincuenta o sesenta familias llevar una vida íntima y mancomún, no desprovista de goces y bienestar. El resto de la población pasa casi todo el invierno en vastísimos cafés, donde es asombroso el consumo que se hace de ponche y de tabaco. Los lapones viven mucho tiempo en una atmósfera de humo y de embriaguez y en la más completa holganza, cual si cada uno de aquellos falansterios, permítasenos la palabra, fuese una embarcación y cada invierno un largo viaje. Por la parte del Norte hay una alta barrera de montañas, que protege la población contra el soplo boreal, y por esta misma causa los veranos son algo templados. Otra ventaja gozan aquellos habitantes, y es que, por un prodigio de la Naturaleza, el río de Hammesfert no se hiela nunca. El puerto, asaz seguro y abrigado, está desde la primavera poblado de embarcaciones danesas, finesas y del mar Blanco, que comercian con aquel extremo del mundo, último punto civilizado de Europa.
He aquí la ciudad en que iba a desembarcar nuestro músico.