El abrazo de Vergara by Pedro Antonio de Alarcón

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El autor vio enfrente de sí una mujer de veinte años, cuyas señas personales irá diciendo; una bellísima mujer; una Eva del siglo XIX; una de esas mujeres que codician todos los hombres a los tres segundos de mirarlas; una mujer de aquellas que son esbeltas, aunque se envuelvan en un manto; hermosas, aunque se cubran con un antifaz; elocuentes, aunque callen; elegantes, sin vestirse; garbosas, sin andar; adorables, sin pretenderlo; una mujer, en fin, toda armonía, cuyo pie hubiera bastado a cualquier hombre bien nacido para adivinar el conjunto, pues los hombres bien nacidos tienen, en materia de mujeres, el instinto de la proporción y la ciencia de la simetría.

Era pálida, no como la dolencia, sino como el dolor; rubia como la aurora, y blanca como la leche. Una capa negra la envolvía; pero el autor, Pigmalión y mago, animaba la oculta forma con el fuego de su mirada. Aquella figura trastornaba la imaginación como un delirio de Hoffman o como un vertiginoso vals de Weber.

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