El embrujado by Ramón del Valle-Inclán — Read

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(TARDE de otoño. Un río tranquilo, espaciado en remansos bajo la verde sombra de chopos y mimbrales. A las dos riberas, agros mellizos de heno y de linar que, a par del río, se rizan con la brisa. Llueve menudo, menudo, en una gran paz. Sobre la arena fuerte de la ribera, que cruje desgranada, están sentados un hombre y una mujer. A su espalda, abierta y vacía, la casa alzada con pedruscos, cubierta con paja de maíz y envuelta en humo. Las figuras parecen muy lejanas en el cernir de la lluvia menuda. Dos larvas en la orilla del río. Hablan de una manera fugitiva y medrosa, como si quisiesen no alterar el reposo del paisaje, la quietud de las hojas y del cristal del agua, la paz de todas las cosas que dice la perfección del éxtasis y el sentido hermético y eterno de la felicidad.)

ANXELO.- ¡Anima en pena, no me arremolines en tu circulo! ¡Anima en pena, corita entre dos luces, no me implores con las voces, con las manos no me hagas las cruces! Si me abrazares, caeríamos los dos en el profundo Infierno. ¡Vaya si caeríamos! Caeríamos, porque no soy un gran pecador y te arrastraría, ánima en pena. ¡No te atolondres! Más te vale esperar, para el pago de la deuda que tengo contigo, a que se descargue mi conciencia. ¡Tan cierto que te vale más! ¡Mírala, que está más negra que los cuervos, ánima en pena! ¡Yo haré mi revelación! ¡Yo diré mi sanguinidad! ¡La palabra mía toda será de verdad!. ¡Mi palabra, palabra será que hile el cáñamo de un dogal!

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