Explore "La garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas" by Alonso de Castillo Solórzano on Textopian. Read with annotations and highlights.
Prosigue el pasajero la novela de «Quien todo lo quiere, todo lo pierde».
En llegando don Alejandro á su posada, quiso informarse de un vecino suyo quién era la dama con quien había hablado, y dándole las señas del puesto de la alquería, supo de él llamarse doña Isabel, el apellido se calla, dama dé gran calidad y partes en aquella ciudad, igualando su hermosura con su grande entendimento. Fué esta dama hija de don Berenguel Antonio, un bizarro caballero que sirvió en la guerra muchos años, y ya dejadas las armas, se había casado en anciana edad, de quien procedió esta hermosa dama, que entonces se hallaba sin sus padres, heredera de una corta hacienda, porque la de don Berenguel era de una encomienda que la majestad de Felipe II le había dado por premio de sus servicios. Esta dama estaba en compañía de una anciana, tía suya, que lo más del tiempo estaba enferma, y habíanse retirado á hacer la seda en aquella alquería. De todo se informó don Alejandro largamente, aunque de lo esencial de las partes de doña Isabel tenía ya bastantes noticias, porque en toda Valencia no se celebraba otra cosa que su claro ingenio y agudo entendimiento, extendiéndose hasta hacer muy lindos versos, gracia que se debe estimar en una dama de las partes referidas. No había visto don Alejando á esta dama, y deseaba, aun antes de haberla hablado, verla, y desde que supo ser el dueño de aquella alquería, acrecentósele más este deseo, con el cual procuró algunas veces salir al campo con ganas de toparse otra ocasión como la pasada; pero no tuvo tal dicha, por estar la tía de doña Isabel aquellos días enferma y no se apartar de su lado.