Explore "La garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas" by Alonso de Castillo Solórzano on Textopian. Read with annotations and highlights.
Llegan Rufina y Garay á Córdoba; los ponen presos, y Rufina cae mala, y esto les proporciona conocimiento con un rico genovés, que se los lleva á su quinta para que aquella convaleciese.
Por sus jornadas llegaron á la antigua ciudad de Córdoba, una de las principales ciudades de Andalucía y cabeza que fué de reino en tiempo que España la ocuparon moros; su llegada á esta ciudad fué al anochecer; pues un tiro de ballesta antes de llegar á sus muros sucedió que habiendo salido dos hidalgos al campo desafiados, el más desgraciado cayó en el suelo herido de dos estocadas penetrantes, con que el contrario le dejó, y se fué á poner en salvo; pedía el herido confesión á voces, al tiempo que el coche emparejaba con él; como el licenciado Monsalve era sacerdote y confesor, obligóle á salir del coche, acompañado de Garay y de la señora Rufina, que quiso aquí, sin ser menester, salir á ver el herido; acudieron á él y á tan buen tiempo Monsalve, que le pudo dar materia para caer sobre ella la forma de la absolución, y luego perdió el habla quedando en brazos de Garay. Volvióse Monsalve al coche, y llamando á Rufina, no quiso dejar á su Garay solo, con lo cual descortésmente partió el coche y los dejó allí, enviándoles á decir los que iban en él adonde se habían de apear con el mozo del cochero, cosa que sintió mucho Rufina, la cual quedó acompañando á Garay, que viendo aún con sentido al herido, le ayudaba á bien morir, diciéndole se encomendase de corazón muy de veras al nuestro Señor; mas él estaba tal, que en sus brazos perdió presto la vida; confusos se hallaron en ver qué harían de aquel cuerpo, cuando á este tiempo llegó la justicia, y como viese al difunto en los brazos de Garay desde lejos y á una mujer allí con ellos, y antes hubiese entendido que habían salido dos hombres desafiados, pensó que Garay era uno de los del desafío, con que le agarraron dos corchetes que acompañaban á un alguacil de la ciudad, y él les mandó que le llevasen luego á la cárcel, encomendando al alcaide que tuviese mucho cuidado con aquel preso, y él se llevó también á Rufina presa á su casa.